viernes, 3 de enero de 2014

El aprendizaje en las sociedades humanas

La capacidad de aprendizaje y/o de transmisión de la cultura es una de las claves de la cultura humana en todas sus facetas: creación, difusión y mantenimiento. De creación, porque el acervo cultural que se trasmite es imprescindible para todo proceso creativo desarrollo posterior. De difusión de la cultura, pues el mejor medio de transmitir los conocimientos generacionalmente. De mantenimiento, al utilizar los medios externos a nuestra memoria (lenguaje de todo tipo, escritura, imágenes, medios electromagnéticos de grabación de memoria, etc.), pues sin ellos no sería posible mantener todo lo que el pensamiento humano ha podido crear.

Aunque no existe una definición sobre este proceso aceptado universalmente, muchos de los aspectos esenciales del concepto de aprendizaje se resumen como la adquisición o el cambio duradero en los mecanismos de conducta, resultado de la experiencia con los acontecimientos ambientales (Domjan y Burkhard, 1990; Fernández Trespalacios, 1986; García Madruga y Lacasa, 1990).

El ser humano, y todos los animales que tienen procesos de aprendizaje más o menos elaborados, tienen que adquirir su experiencia (una forma de aprendizaje) a partir de los acontecimientos ambientales. Se aprende lo que podemos percibir por los sentidos.
Como puede apreciarse el papel del medio ambiente, como fuente de materia que aprender, es la base de todo aprendizaje y, por tanto, de la conducta que adoptemos en función de lo aprendido (adaptabilidad).

Formas de aprendizaje

En el largo y complejo proceso evolutivo se ha visto que los mecanismos genéticos no son suficientes por sí mismos para poder transmitir correctamente los conocimientos necesarios para la supervivencia de diversas especies de animales. Aparece la necesidad de producir otras formas que faciliten la transmisión de la información que cada especie en particular haya adquirido, siendo necesaria su transmisión generacional para su supervivencia. Este mecanismo de transmisión generacional de conducta se produce gracias a diversas formas de enseñanza y aprendizaje, que funcionan en las comunidades sociales. La vida social es un medio idóneo para facilitar el aprendizaje de los elementos culturales necesarios para garantizar la supervivencia de cada uno de sus componentes.

Aunque no nos parezca claramente visible, entre los animales gregarios el aprendizaje de las formas de subsistencia se realiza con la simple convivencia entre todos sus componentes, pues los adultos conocen los tipos de alimentación disponibles, la forma de adquisición de los mismos y los lugares donde encontrarlos. En los mamíferos es fácil de apreciar cómo la convivencia dentro del grupo es fundamental para adquirir este tipo de conocimientos, los cuales son absolutamente necesarios para la supervivencia de cada individuo. Si un recién nacido o un miembro de poca edad es criado separado de los miembros de su especie (zoológico, reserva natural, o cualquier otra forma de vida en la que el animal no tenga que buscar el alimento por sí mismo), es casi imposible que pueda sobrevivir si es devuelto a su medio ambiente ya adulto, pues ignora las formas de subsistencia que conoce y usa el grupo social al que pertenece, y que no pudo aprender en su infancia. Solo tras una previa adaptación al medio social donde se le quiere introducir (grupo social de su especie con el nivel de aprendizaje adecuado) es posible que sobreviva, naturalmente tras su aceptación por el grupo.

Parece claro que la conducta puramente instintiva no existe, y que toda cultura necesita de alguna forma de aprendizaje (Schneirla, 1953). En la vida de todo ser vivo siempre hay elementos que deben de ser aprendidos para una mejor supervivencia, ya sea por el método de ensayo y error, la simple imitación de sus mayores o la propia enseñanza intencionada (Bonner, 1982). Parece lógico pensar que la utilización de tales procedimientos es necesaria para una mejor garantía de la persistencia del grupo social o del propio individuo, al poder modificar su conducta en función de la experiencia propia y en la asimilación de la efectuada por sus mayores. 

Todos los animales poseen un comportamiento innato o instinto que les empuja a realizar las acciones necesarias para su supervivencia (p. e. buscar comida), pero la forma de realizarlo solo puede aprenderse con el método de ensayo y error y, una vez aprendido (y han sobrevivido) trasmitirlo a las siguientes generaciones por imitación. Es necesario un aprendizaje social de las formas conductuales del grupo, para que pueda encauzar el comportamiento iniciado por el instinto hacia formas de conductas prácticas y autosuficientes. Dentro del grupo la imitación conductual es la forma de adquisición del conocimiento del grupo, los infantes hacen y aprenden los que sus mayores realizan.

La conducta de los mamíferos, y más aún en los primates, existen diversas formas de conducta elaboradas por cada grupo, que no tienen porqué ser las mismas entre las diversas poblaciones de una misma especie. Así, el aprendizaje de los chimpancés se basa en el desarrollo de modelos de imitación, pues hay una completa ausencia de enseñanza por parte de la madre y demás elementos sociales hacia las crías (Tomasello, 1990). Es un fenómeno social en el que los jóvenes chimpancés adquieren las características formas de su comportamiento. En este sentido, podemos decir que su cultura es diferente a la de los humanos, pues está basada en el simple hecho de que cada generación pugna para alcanzar el mismo nivel de habilidad de sus progenitores, sin intentar llegar más lejos a pesar de tener ciertas capacidades cognitivas que podrían desarrollar conductas más productivas.

El lenguaje en el aprendizaje

Para el origen de una enseñanza intencionada parece ser necesario la utilización de un lenguaje con cierta complejidad en la adquisición y uso de las abstracciones, así como unas capacidades y desarrollo cognitivo importante. Con esta forma de enseñanza es posible que los jóvenes alcancen pronto los niveles culturales medios del grupo, facilitando su vida y la transmisión cultural. En el desarrollo cultural propio de la especie humana, hasta que no aparece un lenguaje abstracto y no se alcancen y desarrollan las capacidades cognitivas adecuadas, las formas de enseñanza serían las mismas que las utilizados por sus ancestros filogenéticos, es decir, utilizando el método de la imitación controlada por el ensayo y error. Por tanto, para una enseñanza intencionada es necesario el uso del lenguaje abstracto y el desarrollo cognitivo que conlleva (desde luego la existencia de una teoría de la mente y, muy posiblemente, cierto desarrollo de una conciencia reflexiva).
El medio más importante de enseñar una cultura es a través del lenguaje, pues en sus propias características semánticas lleva implícito mucha de la información sobre el medio ambiente que se quiere transmitir. Pero el papel que el aprendizaje y el lenguaje han tenido en nuestra evolución cognitiva y cultural no siempre se ha analizado teniendo en cuenta el importante papel psicobiológico que tiene en los primeros años de la vida. Existen importantes diferencias psicológicas entre el niño y el adulto, por lo que tal definición debe matizarse en las diferentes edades en las que se produzca el aprendizaje de las características medioambientales (lenguaje, conducta, tecnología relaciones sociales, etc.). Pongamos el ejemplo del aprendizaje del lenguaje.

El lenguaje es el principal medio de aprendizaje humano

Eric. H. Lenneberg (1976) propuso un período crítico para la adquisición del primer lenguaje que finalizaba junto con la pubertad, debido a la terminación de la lateralización hemisférica y algunos aspectos de la plasticidad cerebral (maduración). Para Lenneberg, la maduración que se alcanza con la lateralización hemisférica es responsable de las diferencias entre niños y adultos en la adquisición de una lengua extranjera. De este condicionamiento biológico se infiere que el momento óptimo para aprender una lengua es hasta aproximadamente los 10 años (Gomila, 2004; Newport, 1990). Con la maduración y la organización especializada del cerebro, la capacidad para conocer otro idioma tiende a decrecer. Así, se acepta la existencia de un período crítico para el aprendizaje del lenguaje materno, tras el cual ya no se alcanzaría con normalidad (Belinchón et al. 1992; Lorenzo y Longa, 2003; Mora, 2001).

La inmadurez neurológica y psicológica marca la gran diferencia existente entre el aprendizaje de la primera lengua en la infancia y después del período crítico. En el primer caso lo que se produce es una organización de las áreas de asociación terciarias en función de los estímulos recibidos procedentes de otras áreas corticales. Nada hay que se oponga a la producción de tal proceso (emotividad negativa, recuerdos anteriores, problemas de atención, comprensión, aprendizaje, etc.), basándose éste en las enormes capacidades receptivas, procesadoras y estructurales del niño. Todo queda invertido en el caso del adulto, pues en él existen diversos procesos de distinta elaboración que interfieren y dificultan la enseñanza de un segundo lenguaje (falta de motivación, multitud de tareas que dificultan la atención, poca dedicación, otros desarrollos cognitivos y culturales que dificultan tal aprendizaje, etc.). En el niño se produce una estructuración psicológica de base lingüística (lenguaje interno), mientras que en el adulto es un aprendizaje en el sentido clásico de la palabra, utilizando áreas cerebrales diferentes de las requeridas para el lenguaje materno (Kim et al. 1997). La inmadurez neurológica en fundamental para el aprendizaje lingüístico del niño (Gomila, 1995), pues alarga enormemente el período crítico y facilita la asimilación lingüística del medio ambiente. En general, estos conceptos son válidos para muchas de las funciones cognitivas humanas, entre las que destaca la adaptabilidad.

El lenguaje tiene una gran capacidad de estructurar el pensamiento y la conducta. El los niños llega a organizar simbólicamente su pensamiento si se aprende antes del periodo crítico, con posteridad a él el desarrollo cognitivo estaría muy limitado. 

El aprendizaje, en esta primera etapa anterior al fin del periodo crítico, es el responsable de que los niños se adapten perfectamente al medio ambiente en el que han nacido, facilitando enormemente toda expansión geográfica a medios extraños para sus padres pero propios para ellos, lo que puede explicar diversos problemas relacionados con las poblaciones paleolíticas en su gran expansión, adaptabilidad y características de creación, transmisión y perduración de su cultura.

Conclusiones

La importancia del medio ambiente y del aprendizaje del mismo es fundamental en el desarrollo definitivo de nuestro cerebro. Una adecuada actuación en el aprendizaje (racional y afectivo), que en los niños podría también denominarse como estructuración psicobiológica, es absolutamente necesaria. Cualquier limitación de las influencias sociales (racionales y afectivas) va a repercutir de una forma directamente proporcional a todos los sistemas nerviosos humanos.

Esto nos indica que, en ciertos estados de alteraciones neurológicas (conocidas o no en su base neurológica), un medio ambiente idóneo (enseñanza especial, adecuada y dirigida) puede disminuir en parte las limitaciones conductuales características de estas anomalías funcionales. La estimulación o enseñanza adecuada, y cuanto antes mejor, crean un medio ambiente idóneo para que la plasticidad neuronal humana pueda mejorar las respuestas conductuales de los afectados. Si bien hay que admitir la existencia de cierto limite no bien conocido, y diferente en cada forma de alteración neurológica.


* Belinchón, M.; Igoa, J. M. y Riviere, A. (1992): Psicología del lenguaje. Investigación y teoría. Madrid. Trotta.
* Bonner, J. (1982): La evolución de la cultura en los animales. Alianza. Madrid.
* Domjan, M. y Burkhard, B. (1990): Principios de aprendizaje y de conducta. Madrid. Debate.
* Fernández Trespalacios, J. L. (1986): Psicología general. Madrid. Gráficas Maravillas.
* García Madruga, J. A. y Lacasa, P. (1990): Psicología evolutiva. Madrid. UNED.
* Gomila, A. (1995): “Evolución y lenguaje”, en Broncano, F. (ed.) La Mente. Enciclopedia Iberoamericana de Filosofía. Madrid. Ed. Trotta, pp, 273-300.
* Gomila, A. (2004): Un marco de referencia para la evolución del lenguaje, Ludus Vitalis, 12: 173-178.
* Kim, K. H. S.; Relkin, N. R., Lee, K-M y Hirsch, J. (1997): “Distinct cortical areas associated with native and second languages”. Nature 388, 171-174.
* Lenneberg, E. H. (1976): Fundamentos biológicos del lenguaje. AU. 114. Madrid. Alianza.
* Lorenzo, G. y Longa, V. M. (2003): Homo loquens. Biología y evolución del lenguaje. Lugo. TrisTram.
* Mora, F. (2001): El reloj de la sabiduría. Tiempos y espacios en el cerebro humano. Madrid. Alianza.
* Newport, E. L. (1990): “Maturational Constraints on Language Learning”. Cognitive Science, 14: 11-28.
* Rivera, A. (2009): Arqueología del lenguaje. La conducta simbólica en el Paleolítico. Akal. Madrid.
* Schneirla, T. C. (1953): Modifiability in insect behavior. En Insect Physiology, ed. K.D. Roeder, 723-747. New York: John Wiley and Sons.   
* Tomasello, M. (1990): Cultural trasmission in the tool use and communicatory signaling of chimpanzees?. En Language and intelligence in monkeys and apes. Parker, S. T. and Gibson, K. T. (Eds.). Cambridge, University Press.

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