lunes, 7 de julio de 2014

Influencia del medio ambiente en el pensamiento y conducta

Es muy frecuente pensar que nuestra forma de pensar, y por tanto de actuar, es consecuencia casi directa de la genética que heredamos de nuestros padres, pero la realidad, no siempre bien conocida ni expuesta, no dice lo mismo. Diversos autores han hecho hincapié sobre este dato, pero la mayoría de las veces sus opiniones no han pasado de la anécdota sin ninguna repercusión en los estudios relacionados con la conducta humana. Estas ideas han surgido hace muchos años, teniendo cada vez tienen mejor fundamento, según las ciencias de la conducta van avanzando. Los ejemplos son más literarios y filosóficos que psicobiológicos, pero recogen el sentir de que nuestra realidad se forja más con el quehacer cotidiano que con nuestra herencia biológica:

...lo único que nos es dado y que hay cuando hay vida humana es tener que hacérnosla, cada cual la suya.... La vida es quehacer
José Ortega y Gasset. (Historia como sistema) (1935).

Yo soy yo y mi circunstancia, y si no la salvo a ella no me salvo yo
José Ortega y Gasset. (Meditaciones del Quijote) (1914).

La mente humana es la mente humana y a la vez es la cultura, y si no se salva ésta no se salva aquella.
José Luis Pinillos, La mente humana (1991).

Otro ejemplo nos lo brinda el conocimiento real de lo que pasaba en los hospicios y hospitales hasta bien entrado el siglo XX. El Dr. José Antonio Vallejo-Nágera, en su libro “Introducción a la Psiquiatría” (1974) expone que sin un ambiente adecuado las propiedades cognitivas no se manifiestan o lo hacen de forma inadecuada.

El permanecer durante los primeros meses o años de la vida en una institución asistencial lejos de los cuidados maternos, todo el mundo comprende que es una tragedia si se asocia con la clásica imagen sobria y cruel que estos centros tienen históricamente. Si la imagen presentada es la de un centro modélico, aséptico, cristales y niquelados por doquier; enfermeras y médicos en batas de blancura impecable; los niños bien vestidos, inmejorablemente alimentados, etc., es lógico que muchos piensen que es el mejor destino para el niño permanecer allí, y no en su hogar del suburbio, lleno de privaciones, malos tratos y falta de alimentos y de higiene. Hoy se sabe que no es así. La gravedad del daño que la hospitalización prolongada produce a un niño resulta increíble, si no estuviese ya claramente demostrado. Este carácter de increíble es lo que explica por qué ha pasado inadvertido a lo largo de los siglos, pese a estar desde tiempo inmemorial ante los ojos de todos. Es curioso que a nadie haya llamado la atención el hecho de que jamás, en el transcurso de la historia, un niño criado desde sus primeros días en un orfanato haya alcanzado una personalidad destacada en su vida adulta.....La mortalidad en estas instituciones fue siempre enorme......En Estados Unidos, dieron el nombre de hospitalismo al síndrome de deterioro progresivo, y con una mortalidad que alcanzaba el 70%......atribuido al trato impersonal.....En cuanto a los efectos del hospitalismo sobre la inteligencia se demostró que los niños criados en instituciones presentaban un retardo intelectual, más acentuado cuanto más rutinario e impersonal fuese el trato recibido en la institución.......si a los niños con un coeficiente intelectual anómalamente bajo, se le sacaba pronto de la institución y pasaban a un hogar adoptivo subía rápidamente su coeficiente intelectual, no teniendo beneficio si el cambio se produce después de que el niño ha cumplido los 3 años.

Pocas dudas pueden quedar sobre la influencia del medio ambiente (sobre todo social y cultural) en el desarrollo de las capacidades cognitivas humanas (racionales y emocionales). No sólo somos lo que heredamos, sino que precisamos de la modulación medioambiental para manifestar un fenotipo determinado, naturalmente dentro de los límites de variación que nuestra genética nos impone, pero que es mucho más de lo que pensamos o nos quieren hacer creer.

Actualmente, conocemos que la estructura histológica y anatómica de la corteza cerebral de los primates es prácticamente igual entre todos ellos, diferenciándose cuantitativamente en la superficie de las áreas asociativas del córtex (Delgado 1994; Eccles, 1992), en su facilidad para formar redes neuronales o su funcionalidad (Semendeferi et al. 2002), y posiblemente en otros factores bioquímicos no muy bien analizados. La evolución fue desarrollando cerebros más grandes, con mayor superficie cortical, mayor capacidad de sinapsis o de formación de redes neuronales, y un aumento diferenciado o alométrico de las áreas de asociación, pero no cerebros de estructuración celular, anatómica y fisiológica diferentes. El cerebro del Homo sapiens que vivió hace unos 150.000 años era muy similar, por no decir prácticamente igual, al nuestro. La única diferencia que podemos resaltar corresponde a la calidad y cantidad de información existente entre la cultura de ese momento y la actual; una con escasos componentes simbólicos y/o abstractos, y la otra basada en su mayoría en conceptos con este tipo de características. La forma de funcionar de ambos cerebros sería la misma, aunque condicionada por la diferente información que recibirían en los distintos periodos culturales.

Con esta visión, la única manera de tener un mínimo de objetividad en el estudio del desarrollo cognitivo y cultural de los seres humanos es creando un modelo teórico común a todos los seres humanos, pero independiente de los aspectos particulares de la cultura de cada momento. Esto puede intentarse por medio de un estudio limitado a aquellos factores comunes o estructurales propios de nuestra especie, que pueden aplicarse a los seres humanos actuales y a los que desarrollaron las culturas del pasadoo. Un estudio interdisciplinar fundamentado en los datos más recientes de la Biología Evolutiva, Neurología, Psicología, Sociología y Lingüística nos puede ofrecer un panorama fácilmente identificable con un estructuralismo funcional, es decir, con la base funcional sobre la que se va a desarrollar nuestro pensamiento y conducta, siendo común en todos los seres humanos.

No obstante, la forma en que esta percepción y procesamiento de la realidad va a dar lugar a la construcción socioeconómica y cultural, puede ser distinta en los diferentes grupos humanos que conocemos. En definitiva, de lo que se trata es que las formas fisiológicas de percepción de la naturaleza (los cinco sentidos conocidos por todos: gusto, tacto, olfato, audición y visión), y su procesamiento en el sistema nervioso de los seres humanos, son iguales para todos los de la misma especie. Mientras que entre las demás especies humanas serían sólo similares, pues existen ligeras diferencias de funcionalidad y de capacidad cognitiva, aún por precisar. Por tanto, cada grupo social de una misma especie humana puede, independiente unos de otros, ir creando una estructura lógica social y personal diferente. Lo que en un principio es común, en su desarrollo se iría diversificando. Naturalmente, los componentes de cada una de las diversas especies de nuestro linaje, tendrían unas características funcionales propias, que limitaría la forma de adquirir y procesar la información del medio ambiente.

En la actualidad conocemos que existen diferencias de pensamiento, lenguaje y conducta en diversas poblaciones, las cuales tienen un desarrollo cultural diferente al conocido como occidental. La prehistoriadora Almudena Hernando, en el estudio de las poblaciones sobre indígenas americanos con perduración de sus formas culturales tradicionales, llega a la conclusión que diversos aspectos de su pensamiento y conducta son diferentes a los considerados como modernos de nuestra sociedad. Si en la actualidad existen estas diferencias culturales, más posibilidades hay que se produzcan en las culturas paleolíticas Así lo indica en su libro “Arqueología de la Identidad” (2000):

No tiene sentido pretender que los habitantes de la Prehistoria o de la Historia eran como nosotros mismos, que entendían el mundo como nosotros lo hacemos, tal y como, inconscientemente, se ha pretendido hasta ahora.

Parte del conocimiento de la falta de diferencias neurológicas y psicológicas entre ellos y nosotros, pues todos participamos de las mismas capacidades que la evolución ha otorgado a nuestra especie. Estas poblaciones de aborígenes, a pesar de tener una clara base simbólica y abstracta en su estructuración lingüística y mental, tienen unas características distintivas y propias, como también ha analizado el psicólogo José Luis Pinillos (1991). Para él, estas poblaciones presentan un pensamiento con unas características distintivas y propias que podemos resumir en los siguientes apartados:


- Concreto o incapaz de grandes abstracciones. Le resulta más difícil referirse a un color en abstracto que a una cosa con ese color. Igualmente, le es complejo hablar de una numeración abstracta, sin una referencia inmediata a cosas que se pueden numerar. Es más difícil decir y comprender el número tres, que expresar y comprender lo que significa tres árboles.
- Sincrético o poco diferenciado, al mezclar lo imaginativo y lo afectivo con elementos verdaderamente abstractos.
- Colectivo o poco individualizado, poco crítico, estereotipado, al aceptar sin crítica personal las creencias vigentes en la comunidad. Prima la individualización social sobre la personal.
- Antropomórfico, humanizador de la Naturaleza o animista. Propenso a adjudicar a los fenómenos naturales cualidades o comportamientos propios de los seres humanos.
- Prelógico, al tener unos razonamientos diferentes a los que usamos nosotros, no porque carezcan de lógica, sino que utiliza sus razonamientos en unos supuestos culturales distintos. Una cosa puede ser varias cosas a la vez (la luna, por ejemplo, puede ser una mujer y un espíritu).
- Místico, reaccionando muy emotivamente ante lo que no se entiende.

En este sentido, existe una importante muestra documental sobre las diversas vías simbólicas o de estructuración cognitiva, que han sido adoptadas por las diversas poblaciones en el transcurso de su evolución cultural, gracias a los numerosos estudios etnológicos que, sobre ellos, se han realizado en los dos últimos siglos en amplias zonas geográficas. Todo esto nos da pie a comprobar la existencia de diferentes evoluciones culturales, basadas en la libre y diferente interpretación de los conceptos sobre la individualidad social y/o personal, el tiempo, el espacio y, en definitiva, el mundo simbólico que se está creando. Sin embargo, si un recién nacido del mundo de los indígenas es criado en nuestra sociedad tendría exactamente las mismas características conductuales y cognitivas que los demás niños con los que se relacione. Igualmente, si es al revés el niño europeo creado en la selva asumiría todas las características conductuales del grupo donde se desarrolle. El medio (social, cultural, lingüístico, tecnológico, etc.) es el que va a configurar la conducta en todos sus aspectos de los seres humanos.

La importancia del medio ambiente durante el desarrollo de los niños es fundamental en todos sus aspectos, es decir, tanto en los meramente racionales como en los emocionales, lo que no siempre se han tenido en cuenta. Un ejemplo, ya superado al menos en nuestros medios sociales, sería el caso de los niños con el síndrome de Down (trisomía del cromosoma 21), que con una educación precoz, adecuada y reforzada consiguen un importante aumento cognitivo, con lo que su calidad de vida se ve notablemente mejorada, lo que no pasaba hace años sin una educación especializada a su situación.

Por tanto, mucha de la responsabilidad sobre la forma de pensar y actuar de los niños y jóvenes de nuestra sociedad recae primero en los padres de una forma constante y fundamental, y segundo en los diferentes educadores o profesionales que a lo largo de su vida se van a ir encontrando. Pensar lo contrario es tirar piedras contra nuestro propio tejado.

* DELGADO, J. M. R. (1994): Mi cerebro y yo. Temas de Hoy. Madrid.
* ECCLES, J. C. (1992): La evolución del cerebro: creación de la conciencia. Labor. Barcelona.
* HERNANDO, A. (2002): Arqueología de la identidad. Akal. Móstoles (Madrid).
* ORTEGA Y GASSET, J. (1914): Meditaciones del Quijote. Ideas sobre la novela. Cátedra (1984: 118). Barcelona.
* ORTEGA Y GASSET, J. (1935): La Historia como sistema. Colección Austral, 1440. Espasa Calpe (1971: 41-42). Madrid.
* PINILLOS, J. L. (1991): La mente humana. Temas de Hoy. Madrid.   
* SEMENDEFERI, K.; LU, A.; SCHENKER, N. y DAMASIO, H. (2002): Humans and great apes share a large frontal cortex. Nature neuroscience, 5 (3): 272-276.
* VALLEJO-NÁGERA, J. A. (1974): Introducción a la psiquiatría. Científico Médica. Barcelona.

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