viernes, 15 de mayo de 2015

Evolución y continuidad cognitiva/conductual

Todos estaremos de acuerdo con que nuestra conducta es el resultado de la evolución neurológica del género Homo. La conducta considerada con parámetros humanos sería aquella con realización de útiles que ayudasen a sobrevivir a las poblaciones que los crearon. Generalmente se ha situado tal proceso a la aparición evolutiva del Homo hábilis. Sin embargo, cada vez hay más indicios de la existencia de herramientas de piedra con mayor antigüedad de la que podamos atribuir a este primitivo homínido, lo que hace dudar del inicio de nuestro género. El género Australopithecus parece que tiene algo que decir en este complejo problema. Para complicar más el asunto habría que exponer que la creación y uso de herramientas es ampliamente conocida entre los primates actuales y que su inicio, desarrollo y aprendizaje sigue pautas que pueden considerarse con patrones muy relacionados con los desarrollados por los seres humanos.

La cultura tecnológica entre primates actuales

Conocemos la existencia de procesos complejos de índole cultural ente los animales (Bonner, 1982; De Waal, 1995; Lefebvre, 1995; Parker y Gibson, 1979; Whiten et al. 1999), asumiendo la realidad que diversas especies biológicas puedan tener formas de comportamiento aprendido.

- Aprendizaje. La asimilación de formas de subsistencia se realiza con la simple convivencia entre todos los elementos sociales, pues los adultos conocen la forma de adquisición de los alimentos, los tipos de alimentación disponibles y los lugares donde encontrarlos. El conocimiento de estos datos debe ser adquirido por parte de los nuevos elementos del grupo, como norma conductual básica de supervivencia. El mecanismo es sencillo, pues se basa en la observación e imitación, con numerosos procesos de ensayo y error.

En los mamíferos es fácil de apreciar cómo la convivencia dentro del grupo es fundamental para adquirir este tipo de conocimientos prácticos necesarios para la supervivencia de cada individuo. Si un recién nacido o un elemento de poca edad es criado de forma artificial, es decir, separado de los miembros de su especie (zoológico, reserva natural, o cualquier otra forma de vida en la que el animal no tenga que buscar por sí mismo el alimento), es casi imposible que pueda sobrevivir si es devuelto a su medio ambiente ya adulto, pues desconoce las formas de subsistencia que conoce y usa el grupo social al que pertenece, y que no pudo aprender en su infancia. Sólo si puede ser reintroducido en un medio social de su misma especie, tendría posibilidades de sobrevivir de forma salvaje. Conociendo estos aspectos etológicos, es fácil deducir que la información genética no es suficiente por sí sola para garantizar la supervivencia de los individuos de una especie, pues es preciso su desarrollo y aprendizaje dentro de las formas conductuales del grupo, para que pueda encauzar las formas de comportamiento iniciadas por el instinto a conductas prácticas y suficientemente matizadas por el aprendizaje social.

- Conductas complejas en primates. Conocemos varios ejemplos de cambios conductuales realizados mediante el aprendizaje y enseñanza de nuevos medios y herramientas en la adquisición de alimentos.

* Tenemos un claro ejemplo con la actuación de una colonia de macacos japoneses (Macaca fuscata), los cuales aprendieron a lavar las patatas que, manchadas de tierra, tenían para comer. El proceso de tal aprendizaje tardó 9 años en desarrollarse como una forma cultural ampliamente aceptada, al llegar a ser común en el 73,4% de su población total. La dinámica del aprendizaje comenzaba por las crías y sus madres, siendo los machos adultos los últimos en aprender y llegando algunos a no adquirir nunca tal forma conductual. Igualmente, se observó como aprendían, de una manera similar, a separar la arena de los granos de cereales que encontraban (Kawamura, 1959; Sabater Pi, 1983).

Bonobo usando un bastón para "pescar"· termitas
* Las formas culturales de una especie animal no son iguales en todas sus poblaciones, pues existen importantes diferencias en determinados aspectos de su comportamiento. Esto se produce como consecuencia de que su adquisición se realizó en diferentes lugares y distintos momentos, siendo mantenidos por los diversos grupos sociales y formándose un distintivo cultural para cada grupo, a pesar de ser de la misma especie. Es el caso del uso de piedras para romper el hueso de algunos frutos silvestres que utilizan los Pan troglogytes verus en zonas de Costa de Marfil, Liberia y Malí. Paralelamente, la subespecie Pan troglodytes troglodytes pertenece a la que podría llamarse cultura de los bastones, cuya área de expansión comprende Río Muni, sur del Camerún y norte de Gabón. Los bastones realizados cuidadosamente con ramitas, que utilizan para pescar termitas. De la misma manera, los Pan troglodytum schweinfurthi usan los bastones para el mismo fin que los anteriores, añadiendo, como característica propia, la utilización de hojas para la confección de herramientas elementales (Sabater Pi, 1978).

Chimpancé usando una piedra para partir nueces
* Recientemente se han realizado excavaciones de tipo arqueológico en lugares de hábitat de chimpancés, encontrándose con un comportamiento similar al de los primeros humanos. Los chimpancés recogen grandes piedras de distintos materiales (cuarzo, granito y otras) y las llevan donde crecen los árboles que producen unas nueces (de la especie Panda oleosa). Después de recogerlas las sitúan sobre una raíz de árbol (el yunque), que golpean con una piedra (el martillo). Este procedimiento es necesario porque estas nueces son muy duras. Un chimpancé puede llegar a abrir 100 nueces en un día, descubriéndose que las crías pueden tardan hasta siete años en aprender esta técnica. Sin embargo, no todos los chimpancés rompen nueces con piedras, pues sólo se ha documentado esta práctica en África occidental (Costa de Marfil, Liberia y Guinea-Conakry), por lo que puede considerarse un comportamiento cultural que permite su utilización para distinguir una población de otra. Igualmente, se ha comprobado que los chimpancés trasladan las piedras (de hasta 15 kilogramos de peso) desde varios centenares de metros a estos lugares donde se utilizan. En estos yacimientos, que sólo tienen 100 años de antigüedad, se han encontrado lascas, que curiosamente son parecidas a las de los primeros yacimientos conocidos de industria lítica de los homínidos. Está claro que los chimpancés producen tales lascas sin intención, porque se producen al golpear las nueces y romperse las piedras. Sin embargo, pudiera ser que esta forma no intencionada de producción de lascas fuera el origen de la tradicional tecnología de los homínidos (Mercader et al. 2002). La búsqueda, importación y uso de estos martillos son claros procesos intencionados, pero la producción de lascas tiene un carácter accidental. No obstante, se parecen a formas humanas en sus más primitivas cadenas operatorias, salvo la intencionalidad de producir y utilizar tales lascas como herramientas. Este ejemplo nos ofrece unos antecedentes culturales en primates no humanos, sobre parte de la compleja conducta de la tecnología lítica que siempre se ha atribuido a nuestro género (buscar piedras adecuadas, transportarlas y utilizarlas). Si existen en estos primates, es imposible descartar con absoluta certeza su uso por los Australopithecus. Parece fácil ver unos antecedentes de nuestra cultura social. Si los Australopithecus tenían un mayor desarrollo neurológico que estos primates, es posible que hubieran desarrollado formas conductuales muy parecidas a las atribuidas a los Homo habilis. 

* En la actualidad se ha conocido el uso de “lanzas” para cazar por parte de poblaciones de chimpancés del oeste africano (Pan troglodytes verus) en la región de Fongoli (Senegal).

Muchas de las formas de adquisición o tratamiento de los alimentos son fenómenos aprendidos, por medio de la atención y simple imitación dentro del grupo social en el que viven. Así, la separación del mismo impedirá a las jóvenes crías poder adquirir esos conocimientos, imprescindibles para su supervivencia. El origen de estas conductas dependería de alguna forma de aprendizaje cultural, y no puede ser originado en exclusividad por las directrices genéticas. Este aspecto adquiere especial interés en las especies que tengan una gran afinidad biológica con la nuestra, pues parecen tener unas características que les permiten alcanzar aspectos importantes de nuestro comportamiento. No se puede dudar de que exista cierta continuidad conductual entre estos primates, los primeros homínidos y los seres humanos actuales. La Biología evolutiva así lo explica, y así debe entenderse.

La compleja evolución neurológica

Como hecho teórico no es difícil de aceptar la continuidad neuroevolutiva, aunque haya que indicar la heterogeneidad de su producción entre las distintas especies que se van formando evolutivamente. Puede decirse que existe una estructura neurológica común entre todos los mamíferos, la cual, a su vez, se enlaza evolutivamente con otras entidades biológicas más primitivas. De forma muy general puede decirse que las funciones cerebrales de los vertebrados tienen una doble función:

- Control automático de la fisiología animal.
- Procesamiento de la información interna y externa o medioambiental: recepción de estímulos (sentidos), almacenamiento de información (memoria) y uso de la información exterior y almacenada para mejorar la conducta (razonamiento, simbolismo, lenguaje, etc.).

Evolutivamente lo primero que se logró fueron los sistemas de mantenimiento de la fisiología corporal, con sucesivas mejoras en el trascurso evolutivo. Los sistemas de procesamiento de la información externa e interna son los más recientes, aunque existe mucha disparidad en su realización. Me voy a centrar a partir de la aparición evolutiva de los mamíferos, aunque muchas conclusiones que estableceré se dan, en mayor o menos medida, en otros seres vivos.

Aunque no exclusivamente, la mayor parte de los procesos cognitivos relacionados con el uso de la información tienen lugar en la corteza cerebral. Sin embargo, no toda la superficie del córtex tiene la misma funcionalidad, por lo que pueden establecerse ciertas ubicaciones topográficas relacionadas con sus funciones (áreas corticales). Estas áreas corticales no son superficies completamente definidas en su extensión y ubicación por la genética del individuo. Existe cierto grado de variación, en función de las aferencias sensoriales (estímulos exteriores e interiores que reciben, siendo la base de su configuración funcional) y eferencias motoras, por lo que la topografía del córtex humano presenta notables diferencias de localización y extensión de tales áreas, dependiendo de la naturaleza de la información que recibe y procesa sea simple o elaborada (Flórez et al. 1999; Kandel et al. 1997).

Un dato muy importante es que se pueden establecer tres grandes grupos de áreas corticales en función de la naturaleza de las aferencias (entradas de información) y eferencias (salidas de información) que presenta cada área, teniendo cada una de ellas diferente localización y distinta funcionalidad (Luria, 1974).

* Áreas primarias o de proyección: Corresponden a las zonas corticales que reciben la información recogida por los órganos sensoriales externos (vista, oído, gusto, tacto y olfato), internos (sensibilidad propioceptiva o del propio cuerpo), y a las áreas motoras que controlan directamente los músculos del cuerpo. Existe una correlación muy intensa entre estas áreas corticales y las zonas anatómicas que controlan, por lo que todo aumento corporal deberá de corresponder con un aumento paralelo de estas áreas de control, sería un aumento isométrico o proporcional, proceso muy relacionado con toda evolución neurológica.

* Áreas de asociación secundarias: Corresponden a las zonas adyacentes a las áreas primarias o de proyección. Se considera que representan un centro de procesamiento de mayor nivel para la información sensorial específica que llega de las áreas primarias. Por tanto, sólo reciben información de las áreas sensoriales primarias, o desde otras áreas sensoriales secundarias.


* Áreas de asociación terciarias: Se sitúan en los bordes de las zonas secundarias anteriores, en ellas desaparece toda información sensorial o motriz directa o primaria. Son zonas corticales en las que coincide la información de varios campos sensoriales correspondientes de áreas secundarias, pero nunca de las primarias.

Esta distribución funcional, anatómica e histológica es la que da fundamento a la idea de una estructura neurológica común entre todos los mamíferos. Naturalmente según vamos avanzando en la escala evolutiva se irían produciendo diversos cambios en estas estructuras, siempre a partir de estos conceptos básicos, que ofrecen mejoras en el procesamiento de la información y, por tanto, en la conducta de sus poseedores. Las áreas primarias van a depender en su extensión, y por tanto capacidad funcional, de las propias características genéticas y en alguna medida del uso que de ellas se realice. Las áreas de asociación son las que más han aumentado en la evolución humana, no estando correlacionadas con el aumento corporal, por lo que todo aumento de las mismas debe considerarse como alométrico. Éstas, y en especial las terciarias, sintetizan los estímulos de varias vías de acceso sensoriales y los traduce en expresiones superiores, complejas y conscientes, tan características de nuestra conducta.

Sin embargo, el acceso evolutivo a amplias áreas de asociación terciarias, no es suficiente para lograr la conducta que nos caracteriza. La evolución nos proporciona las herramientas neurológicas necesarias para su realización, pero hace falta la existencia de otros procesos para su realización práctica. La información que nos llega debe de tener cierto ordenamiento y trascendencia emocional, es decir, debe de seguir ciertas pautas ordenadas en el tiempo y en el espacio (lo contrario sería un caos del que es imposible sacar conclusiones) y tener cierto interés o motivación en su aprendizaje (verdadero motor de la conducta).

Los siguientes pasos evolutivos relacionados con el desarrollo conductual estarían supeditados al aumento (alopático) de las áreas de asociación, de la existencia de un sistema emocional adecuado y de su capacidad para generar un lenguaje lo más complejo posible.

En este contexto, las conductas que ya hemos visto en los primates nos ofrecen algunas pistas. Las crías de los primates estudiados presentan interés por lo que hacen sus mayores y quieren (motivación) acceder a los comestibles que así se consiguen. La información que reciben está ordenada en la misma secuencia de acciones que ven hacer a los compañeros mayores o madres. Simplemente tiene que repetir las secuencias, lo que les lleva el tiempo que sus habilidades manuales y cognitivas les pueden ofrecer. La limitación reside en que no hay nada más que les interese, les motive o vean realizar. Esta sería la base del porqué los animales que viven en medios más estimulantes (sobre todo medios humanos) son capaces de generar conductas más complejas y elaboradas. El límite estaría en sus propias capacidades cognitivas que, en función con la estructura funcional y evolutiva de sus cerebros, se vería limitada a mayores progresos. La importancia del medio ambiente y la capacidad de crear formas de ordenar la información que podamos absorber serían las claves del desarrollo de la conducta humana. En este sentido, el lenguaje es el principal medio de ordenación del procesamiento de la información y del desarrollo cognitivo.

El lenguaje como medio de ordenamiento funcional neurológico

El origen del lenguaje se basa en los datos anteriormente vistos en los primates, aunque con innovaciones neuropsicológicas que ellos evolutivamente no poseen (menor superficie funcional de las áreas de asociación, capacidad de simbolización y abstracción).

Nace dentro de las poblaciones del género Homo como consecuencia del intento de relación social (comunicar las acciones, hechos, cosas intereses, etc.). El interés y la observación existente en los primates persisten, apareciendo otro nuevo tipo de motivación como es el de querer llamar la atención de sus compañeros sobre algo que se hace o se quiere hacer. Para su realización se dispone de los sentidos que poseemos (sonidos, gestos, tocamientos, olores y sabores), produciéndose una asociación simbólica entre uno de estos sentidos y el objeto o acción que se quiere indicar a los demás. Sería un proceso de simbolización básico, que con el tiempo daría lugar a las abstracciones simbólicas. Cuando solo se quiere indicar un objeto o acción elemental con una sola simbolización sería suficiente, pero si se quiere decir algo más hay que realizar una serie de simbolizaciones que deben tener una ordenación temporal adecuada para que sea entendida por los otros compañeros. El medio ambiente nos ofrece tal ordenamiento o secuencia de simbolizaciones básicas. La acción es la base de la propia estructura inicial de lenguaje y de la universalidad de su sintaxis, pues es igual en todos los lugares. Por tanto, el lenguaje parece estar organizado alrededor de las circunstancias que rodean a la acción(verbo) (Bickerton, 1994; Bruner, 1988; Fillmore, 1968; Marina, 1998) lo que puede referirse con la siguiente expresión básica:

Sujeto (quién hace la acción) – Verbo (acción) - Circunstancias de la acción.

Al ser imprescindible la aceptación y compresión social de tal ordenamiento, este puede variar en el orden, siguiendo el consenso social.


Con el desarrollo del lenguaje se consigue una interacción cognitiva entre el lenguaje y el pensamiento, dando lugar a un pensamiento verbalizado (lenguaje interno) y un lenguaje intelectualizado al poder usar todo lo almacenado en la memoria de forma adecuada. Se producirían un procesamiento computacional de la información, el desarrollo de las capacidades de abstracción, la simbolización, la conciencia reflexiva, el aprendizaje, etc. El lenguaje interno es responsable de las funciones mentales superiores, pues transforma la percepción del sujeto, transforma su memoria, y permite la planificación y regulación de la acción, haciendo posible la actividad voluntaria. Nuestro pensamiento está ahora plenamente verbalizado, siendo más fácil pensar, relacionar y expresar todo tipo de situaciones y hechos, con mucha mayor rapidez y claridad. Aparece como una nueva función cognitiva, que facilita el control y regulación de los propios procesos cognitivos, con lo que nuestras acciones, consecutivas a nuestro pensamiento, estarán mejor guiadas y estructuradas (Belinchón et al. 1992; Luria, 1979, Mercier, 2001; Vygotsky, 1920). Igualmente, la transmisión de pensamientos abstractos es muy fácil, al usar el simbolismo que el lenguaje nos permite.



Conclusiones

La evolución neurológica es obvia, pero la cognitiva requiere algo más que el simple desarrollo neurológico. La interacción social, el origen y el desarrollo de un lenguaje se muestran como componentes fundamentales de la conducta simbólica humana, pues favorecen el aprendizaje del acervo cultural humano. Ésta comienza con las primeras relaciones de un sentido corporal (sonoro o gesticular principalmente) con un objeto o acción que se quiere comunicar. El lenguaje es la primera conducta simbólica humana y base de todo su desarrollo. La diferencia evolutiva con los demás primates se basa fundamentalmente en nuestra mayor capacidad neurológica (aumento de las áreas de asociación) para relacionar sentidos con hechos u objetos (simbolización) y crear un lenguaje, así como la mayor capacidad de procesamiento de la información verbalizada o no por medio de las funciones ejecutivas (racionales y emotivas).

- Belinchón, M.; Igoa, J.M. y Rivière, A. (1992): Psicología del lenguaje. Investigación y teoría. Ed. Trotta S.A. Madrid.
- Bickerton, D. (1994): Lenguaje y especie. AU. 780. Alianza. Madrid.
1994;
- Bonner, J.T. (1982): "La evolución de la cultura en los animales". Alianza Universidad, nº345. Madrid.
- Bruner, J. (1988): Desarrollo cognitivo y educación. Morata. Madrid.
- De Waal, F. B. M. (1995): Vida social de los bonobos. Investigación y Ciencia, 224: 52-59.
- Fillmore, CH. (1968): The Case for Case. En E. Bach y R. T. Harms (comps.). Universals in Linguistic Theory. Holt, Rinehart and Ewinston. New York.
- Flórez, J. et al. (1999): Genes, cultura y mente: una reflexión multidisciplinar sobre la naturaleza humana en la década del cerebro. Servicio de publicaciones de la Universidad de Cantabria. Santander.
- Kandel, E. E.; Schwartz, J. H. y Jessell, T. M. (1997): Neurociencia y conducta. New York. Prentice Hall.
- Kawamura, S. (1959): “The process of subcultural propagation among Japanese macaques”. Primates, 2, 43-60.
- Lefebvre, L. (1995): Culturally-transmitted feeding behaviour in primates: Evidence for accelerated learning rates. Primates, 36: 227-239.
- Luria, A. R. (1974): El cerebro en acción. Fontanella. Barcelona.
- Luria, A. R. (1979): Conciencia y lenguaje. Pablo del Río. Madrid.
Marina, 1998
- Mercader J.; Panger, M. y Boesch, C. (2002): Excavation of a chimpanzee stone tool site in the African rainforest. Science, 296: 1452-1455.
- Mercier, N. (2001): Palabras y mentes. Paidós. Barcelona.
- Parker, S. T. y Gibson, K. R. (1979): “A model of the evolution of language and intelligence in early hominids”. Behavioral and Brain Sciences, 2, 367-407.
- Sabater Pi, J. (1978): “El chimpamcé y los orígenes de la cultura”. Anthropos. Ed. del Hombre. Barcelona.
- Sabater Pi, J. (1983): “Etología”. Anthropos. Boletín de información y documentación, 26-27. Barcelona.
- Vygotsky, L. S. (1920): El desarrollo de los procesos psicológicos superiores. Crítica. 1979. Barcelona.
- Whiten A.; Goodall, J.; McGrew, W. C.; Nishida, T.; Reynolds, V.; Sugiyama, Y.; Tutin, C. E.; Wrangham, R. W. y Boesch, C. (1999): Chimpanzee cultures. Nature, 399: 682-685. 

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